Fue José Ignacio Exner, hijo de inmigrante alemán, quien adquirió de su padre la pasión por el monte, la capacidad de observar el campo y el interés por aprender las mejores prácticas de cultivo. No es relativo que, tras recorrer España, fuera la imponente y compleja orografía asturiana la que le cautivó. Esa tierra era el lugar perfecto para cumplir su sueño: plantar unos manzanos muy especiales que cuidaría a diario para, así, elaborar con ellos una sidra única.